domingo 19/07

La Selección argentina blindada: fracasó el intento de politizar a Messi y el plantel

A horas de la final del Mundial de la Fifa 2026, el balance indica que los intentos de arrastrar a Lionel Messi y a la Selección a la disputa ideológica doméstica no prosperaron. El kirchnerismo y la izquierda buscaron ideologizar al plantel con acusaciones de derechización, mientras el Gobierno de Javier Milei optó por una neutralidad táctica para desactivar operaciones cruzadas. El equipo mantuvo su compromiso con causas nacionales, como el reclamo por Malvinas, y llega al partido contra España respaldado por un consenso social mayoritario.

El fútbol en Argentina ha sido históricamente un espejo de su realidad política. Sin embargo, lo ocurrido en los meses previos y durante el Mundial de la Fifa 2026 rompió con los patrones tradicionales del oportunismo partidario.

A horas de que la Selección juegue la gran final, el balance deja una certeza: los intentos por arrastrar a Lionel Messi y a sus compañeros al fango de la disputa ideológica doméstica fracasaron. La pelota demostró tener un blindaje inmune a las operaciones de prensa y a los relatos de cabotaje.

La insólita cancelación ideológica

El fenómeno más llamativo de esta campaña mundialista provino de sectores del kirchnerismo y la izquierda tradicional. Ante la imposibilidad de cooptar la narrativa de un plantel distante del asistencialismo discursivo del viejo poder, la estrategia mutó hacia la descalificación.

A través de terminales mediáticas y usinas en redes sociales, se intentó instalar un argumento: acusar a los jugadores, y en especial al capitán, de ser funcionales a figuras internacionales como Donald Trump, aprovechando la localía del torneo en suelo norteamericano y el convite en el que Messi fue invitado luego de la consagración con su equipo Inter Miami.

Este intento de restarle relevancia afectiva a la Selección bajo la lupa de una supuesta falta de compromiso social chocó con el sentido común de la calle. El error de diagnóstico fue intentar juzgar la idiosincrasia de atletas de élite global con el manual de la Guerra Fría. La desconexión entre ese relato y el ciudadano de a pie aisló a quienes pretendieron teñir de partidismo la ilusión colectiva.

Neutralidad y el combate a las fake news

En la otra vereda, el Gobierno de Javier Milei leyó con pragmatismo el escenario. Conscientes de que cualquier intento de apropiación gubernamental de la figura de Messi suele ser contraproducente —la historia reciente de 2022 con Alberto Fernández así lo demuestra—, la gestión libertaria apostó por una prudente neutralidad institucional.

El principal desafío del oficialismo fue la contención de daños. Durante el torneo, circularon diversas fake news diseñadas en laboratorios de la oposición que buscaban generar un quiebre ficticio entre el Presidente y el capitán de la Selección. Desde falsas declaraciones cruzadas hasta montajes digitales, el ecosistema digital estuvo al rojo vivo. La respuesta de la Casa Rosada fue desactivar estas maniobras de manera quirúrgica y veloz, evitando alimentar polémicas artificiales que pudieran distraer al plantel o indisponer al Gobierno con la opinión pública.

Un consenso absoluto de cara al día del juicio de la historia

Hoy será el día de la verdad en la cancha. Fuera de ella, los artilugios y las operaciones políticas para embarrar a la Selección quedaron sepultados bajo una marea celeste y blanca que desbordó las plazas de todo el país y los estadios norteamericanos. El intento de fracturar el amor del pueblo hacia sus ídolos bajo premisas ideológicas demostró el agotamiento de ciertas lógicas de confrontación.

Messi y la Selección llegan a la final con el apoyo incondicional de una mayoría casi absoluta de los argentinos y el respeto de gran parte del planeta. En una Argentina habituada a la división, el fútbol ha vuelto a demostrar que hay cosas que pertenecen a un territorio innegociable.

La Doctrina Scaloni

Frente a este fuego cruzado, la respuesta del búnker argentino fue profesional. El cuerpo técnico liderado por Lionel Scaloni y el propio Messi mantuvieron un estándar de profesionalismo que funcionó como un paraguas hermético. El plantel se negó sistemáticamente a ingresar en el terreno de la politiquería.

Neutralidad no significó apatía. La Selección no se deshumanizó; por el contrario, eligió cuándo y cómo conectar con las fibras más íntimas del país. Hubo una cabal lectura de la realidad: en las pocas entrevistas concedidas, Messi no esquivó la mirada analítica sobre la compleja actualidad económica y social que viven los argentinos, expresándose desde la empatía y la madurez, lejos de cualquier sesgo partidario.

Hubo un capítulo diferencial que incluyó la gesta contra Inglaterra. Fue el punto más alto de comunión patriótica tras el trascendental triunfo ante los ingleses. Allí, los jugadores se exhibieron con una bandera que rezaba «Las Malvinas son Argentinas». Este gesto desarmó la narrativa que acusaba al plantel de desclasado o norteamericanizado. Demostró la diferencia entre el nacionalismo de cotillón ideológico y el sentimiento soberano que une a todos los habitantes del país sin distinción de banderas políticas.