domingo 27/09

Dos libros exploran la relación entre humanos y animales: ‘Historias de animales’ y ‘Una exposición’

Las obras de Kate Zambreno e Ieda Magri abordan la mirada, la carne y la condición humana desde perspectivas complementarias.

Hay algo inquietante en los animales cuando aparecen en un libro: cuanto más intentamos acercarnos a ellos, más evidente se vuelve aquello que nos separa. No son solamente criaturas que observamos, comemos, encerramos o amamos: son una forma de medir los límites de nuestra propia humanidad.

Historias de animales (Eterna Cadencia), de Kate Zambreno, y Una exposición (Sigilo), de Ieda Magri, parten de escenas muy diferentes –los zoológicos emplazados en escenarios urbanos y el sacrificio de una vaca en medio del campo–, pero terminan cercando la misma duda: ¿Qué vemos cuando miramos un animal? ¿Qué hacemos con aquello que no podemos comprender del todo? ¿Y cuánto de animal hay en nosotros cuando dejamos de pensarnos como una especie excepcional?

En ambos libros, la literatura aparece como un modo de encontrar ciertas verdades en medio de la incomodidad y la incertidumbre. Con los animales como brújula y punto de partida.

Kate Zambreno: alrededor de la jaula

“Creo que es importante, al menos en parte, disociar cuando se está en el zoológico para evitar pensar en las vidas de los animales que han pasado toda su existencia en cautiverio. Vemos a los animales a través de los rostros curiosos de nuestros hijos”.

La frase, con la que Kate Zambreno abre Historias de animales, contiene una pequeña trampa. Parece describir una estrategia de defensa, pero enseguida la escritura la desarma. El zoológico, en las crónicas mezcla de ensayo de Zambreno, deja de ser un lugar para contemplar animales y se convierte en una máquina para producir preguntas sobre la mirada.

Con una traducción ágil y fresca de Cecilia Pavón, la primera parte del libro reúne crónicas y reflexiones nacidas de visitas a zoológicos, muchas de ellas realizadas junto a sus hijos. La autora observa a los animales y a sus observadores: familias, niños, teléfonos, gestos de aburrimiento, entusiasmo o desazón.

En el zoológico, el animal está encerrado y exhibido. Mientras que el visitante queda atrapado en una relación de miradas. Sus semblanzas, intercaladas con datos de célebres animales en cautiverio, meten el dedo en la llaga. Con trazos simples, movilizan la reflexión en torno a dónde empieza el animal y dónde termina el ser humano.

El animal es narrado como esa otredad enigmática que no termina de encajar dentro de nuestras categorías. En ese sentido, Zambreno encuentra una resonancia con el filósofo Emmanuel Levinas y su idea del rostro como aquello que nos enfrenta a una alteridad irreductible. Hay algo en común entre la caricia, el rostro y la mirada animal. Todas son formas de acercarse a un otro sin terminar de poseerlo.

El libro está lleno de desvíos eruditos que no funcionan como gestos snobs sino como una manera de ampliar la pregunta. Aparecen la historia de los zoológicos, la fotografía, el arte y distintas voces del pensamiento contemporáneo.

En un pasaje se lee: “Se dice que Vladimir Nabokov sintió por primera vez el destello de inspiración para Lolita después de leer en un periódico la historia de un simio del Jardin des Plantes que supuestamente produjo el primer dibujo hecho por un animal: un boceto a carbonilla de los barrotes de su jaula”.

Zambreno presta especial atención a los animales criados como humanos, a esas criaturas a las que intentamos acercar a nuestra especie mediante el lenguaje, la educación o el afecto. El impulso parece compasivo, pero contiene una paradoja: para reconocer al animal necesitamos hacerlo semejante a nosotros.

También vincula la visita al zoológico con nuestra propia dificultad para permanecer atentos. Recupera a Mark Fisher y su concepto de “hedonia depresiva”, esa afección moderna que nos impulsa a necesitar una estimulación constante a través de las pantallas. Frente a la jaula, el visitante mira, fotografía, comenta, sigue. La contemplación parece necesitar cada vez más estímulos para sostenerse. Y, sin embargo, los animales están allí, inmóviles o imprevisibles, resistiendo con su presencia a la velocidad de nuestra atención.

La segunda parte del libro es muy peculiar. Dedicada al escritor Franz Kafka, compila ensayos, anotaciones y misceláneas que giran en torno a cómo aparece la animalidad en su obra desde diferentes ángulos.

Zambreno se interna en los animales de sus cuentos y relatos y encuentra allí una obsesión menos metafórica de lo que podría parecer. Va mucho más allá de la célebre metamorfosis. Incluso reconstruye que Kafka llegó a dudar de su propia condición humana y dejó en sus cartas huellas de un interés insistente por su animalidad. En lugar de utilizar al animal simplemente para representar otra cosa, Zambreno lee en Kafka un intento de aproximarse a aquello que en el animal permanece extraño.

La estadounidense escribe desde esa incertidumbre, mezclando crítica literaria, memoria, maternidad, escenas cotidianas y pensamiento filosófico con una libertad ensayística que hace que los textos avancen por asociaciones más que por tesis. El animal para Zambreno es una presencia que nos devuelve la mirada y, al hacerlo, vuelve incierta nuestra propia identidad.

Ieda Magri: de carne somos

Si Zambreno comienza detrás de un vidrio, Ieda Magri comienza con un cuerpo abierto. En Una exposición, la escritora brasileña vuelve a su casa natal, en el sur de Brasil, y se encuentra con un ritual de su infancia: el sacrificio de una vaca, la faena, la distribución de la carne.

El regreso al campo no tiene nada de postal nostálgica. Lo que aparece es un mundo hecho de sangre, tripas, vísceras, barro, trabajo y memoria. El animal funciona allí como un vínculo material con una naturaleza que la vida urbana ha vuelto distante, pero también como una puerta de entrada a la historia familiar y a la construcción de la propia identidad.

“Las mujeres llegaron con las palanganas para recoger la sangre y las tripas que lavarían en el arroyo frente a la casa, el corazón, el hígado y los riñones para que los trabajadores comieran tras la gran batalla”, escribe Magri en un tono que oscila entre la crónica personal, el diario, la memoir y los relatos de viaje.

Por momentos también hay poesía. Mucha poesía. Intimista, por momentos con pinceladas de realismo mágico, construye por medio de procesos indagatorios alrededor de la naturaleza, una introspección literaria en busca de su identidad.

La muerte se transforma en trabajo. El cuerpo animal en alimento. La sangre en una tarea concreta. Las mujeres lavan, los trabajadores comen, alguien descuartiza. Magri vuelve sobre los oficios terrestres de un mundo rural que puede resultar brutal desde la distancia urbana, pero que también aparece cargado de una intimidad que la autora recupera.

En las fotografías que acompañan el libro, las vacas degolladas y sus vísceras se intercalan con vacas vivas que miran de frente. Con esa potencia que retrató el poeta Miguel Abuelo en una canción. La imagen parece devolver al lector al momento anterior a la faena, obligando a recordar que aquello que después será carne alguna vez estuvo vivo y nos miró de frente. Pero el libro no convierte esa violencia en una acusación moral. Magri sabe que la relación con los animales grandes está atravesada por una economía de supervivencia, por costumbres, jerarquías y afectos.

En el campo, meter las manos en la sangre, las tripas y la mierda es parte de una vida material que la ciudad suele ocultar. Precisamente por eso, esas descripciones adquieren una potencia poética. La traducción del portugués de Paula Abramo conserva esa tensión entre crudeza y lirismo, entre una frase que parece registrar un procedimiento y otra que de pronto alcanza una intensidad casi elegíaca.

El animal es también el centro de una constelación familiar. Volver a la casa natal significa volver a la infancia y a las relaciones que la constituyeron. El campo aparece en contraste con la ciudad como dos formas de sensibilidad. La distancia que la narradora adquirió al irse le permite redescubrir que ciertas imágenes permanecen en el cuerpo mucho después de que una persona haya abandonado el territorio que las produjo. Por eso la infancia resulta decisiva.

En Magri, recordar es entrar en un espacio donde las relaciones entre humanos, animales y naturaleza estaban organizadas de otro modo. La memoria tiene algo de ominoso: aquello que parecía cotidiano puede adquirir, visto desde el presente, una dimensión extraña. El sacrificio de una vaca puede revelar una forma de amor, una estructura de poder, una pedagogía de la supervivencia y también una violencia que la niña no estaba en condiciones de nombrar.

Las citas que Magri incorpora –desde Rubem Fonseca hasta Bataille– ensanchan todavía más ese territorio. La literatura y el pensamiento entran en contacto con la experiencia sin domesticarla. Hay una belleza que no nace de suavizar lo brutal, sino de encontrar una forma capaz de soportarlo: “Hay toda una belleza cruel, hay todo un amor desesperado, hay muchas promesas en torno a una hija que se ahoga y una madre que pasa la noche a su lado, muy cerca, para evitar esa asfixia, para aminorar su dolor”. La frase podría funcionar como poética del libro entero.

En ese sentido, Una exposición es también una exposición de sí misma. Magri expone fotografías, recuerdos y escenas familiares, pero sobre todo las contradicciones de quien vuelve a un mundo del que se fue y descubre que todavía forma parte de él. La vaca sacrificada es un animal concreto, pero también una figura de aquello que la vida urbana ha dejado atrás: una relación directa con la muerte, la comida, el trabajo físico y una naturaleza que no aparece como paisaje sino como materia.

Dos formas de mirar

En ambos libros, el animal funciona menos como tema que como problema. Zambreno se pregunta qué significa mirar un cuerpo vivo encerrado y convertido en espectáculo; Magri, qué significa matar, abrir y comer un cuerpo con el que se compartió un paisaje. Cómo un cadáver puede ser también un ritual amoroso, una ruta hacia el redescubrir de la propia identidad, una cartografía de la infancia. Una trabaja alrededor de la mirada; la otra, alrededor de la carne. Pero ambas descubren que entre el humano y el animal hay una frontera menos estable de lo que quisiéramos.

Tal vez por eso las dos escritoras desconfían de la empatía demasiado fácil: no se trata de afirmar que los animales son como nosotros, sino de aceptar que nosotros también somos animales y nunca terminamos de saber qué significa eso.

Historias de animales y Una exposición no ofrecen una ética cerrada ni una moraleja. Más bien invitan a permanecer frente al animal que mira desde la jaula y que mira antes del sacrificio. Y en esa mirada cruzada aparece una pregunta que ambos libros dejan suspendida, como se lee en una cita del libro de Magri: “Tal vez nuestra relación con los animales grandes era precisamente esa: mejor que se mueran ellos y no nosotros. Poca compasión, mucha disputa. Por la vida”.

Historias de animales (Eterna Cadencia), de Kate Zambreno, y Una exposición (Sigilo), de Ieda Magri.